9. LA SEXUALIDAD SEGÚN FREUd
O LA MUERTE DEL INSTINTO

I. Del instinto genital a la pulsión sexual

Si el psicoanálisis tiene como máxima aspiración mejorar la calidad de vida de una persona o proveer conocimientos profundos respecto del funcionamiento de la mente humana es un debate que el mismo Sigmund Freud supo inaugurar. Hasta el final de sus días y desde mucho antes de la creación del método psicoanalítico, Freud reconocía no sentir “una profunda preferencia por la posición y la actividad del médico (...). Más bien me movía una suerte de apetito de saber, pero dirigido más a la condición humana que a los objetos naturales” .

Tempranamente fascinado por las historias bíblicas y cercano a seguir una carrera política, el joven Freud fue cautivado por la entonces reciente teoría evolucionista de Charles Darwin y sus dos grandes promesas: por una parte, la apertura hacia un “extraordinario avance en la comprensión del conocimiento” ; por otra, el amplio horizonte de posibilidades que ofrecía la combinación entre la observación de la ciencia positiva y la deducción de la ciencia inferencial.

¿Es posible sostener que Freud, heredero de Darwin, veía en su invención menos una terapéutica que una revolución epistemológica? Sabido es que uno de los principales intereses de Freud era concebir un sistema teórico lo suficientemente económico como para explicar muchos fenómenos cotidianos bajo un mismo prisma conceptual. Del mismo modo como Nicolás Copérnico podía explicar a partir de un mismo principio físico tanto un crepúsculo como un eclipse, Freud aspiraba a encontrar el principio regulador, la estructura formal a la vez del sueño y del chiste, de una parálisis y de una equivocación verbal. Aquí radica, precisamente, una de las más fuertes críticas que la filosofía de la ciencia destina no sólo al psicoanálisis sino también al marxismo: una teoría que lo explique todo no explica nada. Para Karl Popper, toda vez que la ciencia es refutable, el recurso del psicoanálisis a la “resistencia” lo convierte en pseudociencia o simplemente en dogma .

No por casualidad hemos dibujado una relación isomórfica entre Copérnico, Darwin y Freud. Brillante retórico, el mentor del psicoanálisis sabía que frente al público lego era necesario posicionarse (apuntalarse, diremos) en algo así como una “serie paterna” de la ciencia, con el fin de poder transferir el estatus de los antiguos en su propia figura. Tal fue la estrategia de Freud para expandir su fama en las tierras de Ferenczi y para presentar sus ideas en la Universidad de Viena, en plena primera guerra mundial : “en el curso de los tiempos, la humanidad ha debido soportar de parte de la ciencia dos graves afrentas a su ingenuo amor propio. La primera, cuando se enteró de que nuestra Tierra no era el centro del universo (...). La segunda, cuando la investigación biológica redujo a la nada el supuesto privilegio que se había conferido al hombre en la Creación, demostrando que provenía del reino animal y poseía una inderogable naturaleza animal (...). Una tercera y más sensible afrenta, empero, está destinada a experimentar hoy la manía humana de grandeza por obra de la investigación psicológica; esta pretende demostrarle al yo que ni siquiera es el amo en su propia casa, sino que depende de unas mezquinas noticias sobre lo que ocurre inconcientemente en su alma” .

Freud repitió más de alguna vez que lo que buscaba a través del psicoanálisis era “hacer alguna contribución a nuestro humano saber” , tentativa sostenida por los fantasmas revolucionarios de Copérnico y Darwin. Así, mientras el primero fundó su contribución astronómica en la sospecha frente al mito geocéntrico, Darwin encontró en la evolución por selección natural una herramienta para transfigurar la ficción creacionista de la historia: antes de Darwin, “la mayoría de los biólogos habían considerado que las especies eran grupos fijos y eternos, ordenados por Dios” .

En definitiva, ¿cuál es la contribución de Freud al saber humano? El peso de la pregunta llama al efecto de desmantelamiento de esa imagen semi-divina propia del sujeto moderno: allí donde estaba la conciencia, Freud colocará lo inconciente; allí donde imperaba lo genital, Freud advertirá lo sexual. El sujeto de la conciencia genital subvertido por el sujeto de lo inconciente sexual .

Flashback: antes de Freud, la sexualidad era puro instinto, patrón conductual prefijado por la herencia, conjunto de respuestas comunes a la especie que “faltaría en la infancia, advendría en la época de la pubertad y en conexión con el proceso de maduración que sobreviene en ella, se exteriorizaría en las manifestaciones de atracción irrefrenable que un sexo ejerce sobre el otro, y su meta sería la unión sexual o, al menos, las acciones que apuntan en esa dirección” . A partir de Freud, la sexualidad baja del Olimpo y, articulada desde el lugar de la pulsión, retorna a la matriz del sujeto.

II. Del objeto del instinto al sujeto de la pulsión

Acaso toda la obra freudiana no sea sino el testimonio de un fracaso. En efecto, durante más de medio siglo, Freud no hizo sino confrontarse con la repetida imposibilidad de hacer del psicoanálisis un proyecto de psicología para neurólogos. Vez tras vez, como la bofetada de Dora , la observación y la inferencia alejaban a Freud de su vehemente biologicismo. En suma: la obra de Freud es susceptible de ser leída como la dialéctica constante entre el apego a las verdades inmaculadas de la biología y la apertura hacia un saber nuevo y desconocido.

Sin duda, la primera estación de esta tensión es su afamado Proyecto de psicología para neurólogos, semilla germinal de la especulación freudiana cuyo propósito explícito no es otro que el de “brindar una psicología de ciencia natural, a saber, presentar procesos psíquicos como estados cuantitativamente comandados de unas partes materiales comprobables, y hacerlo de modo que esos procesos se vuelvan intuibles y exentos de contradicción. El proyecto contiene dos ideas rectoras: 1) concebir lo que diferencia la actividad del reposo como una Q sometida a la ley general del movimiento, y 2) suponer como partículas materiales las neuronas” .

Ahora bien, ¿cómo concebir la sexualidad a partir de este aparato neuronal? Para el Freud de 1895, la sexualidad encuentra sus elementos irreductibles en productos químicos de generación continua, estímulos endógenos o intercelulares orientados a la descarga y no susceptibles de cancelación. Así, la sexualidad se inscribe del lado de lo somático y pasa a integrar, junto con la respiración y el hambre, el grupo de las grandes necesidades biológicas, apremiantes y esforzantes del desarrollo celular. Aún así, el empuje de la sexualidad donde la pulsión reconocerá su estatuto se vislumbra ya como la “impulsión que sustenta a toda actividad psíquica” , mientras que el instinto se limita a la reproducción .

Si en 1895 la sexualidad aparece como una necesidad biológica y la pulsión como aquella corriente de energía nerviosa que es su correlato bioquímico, diez años más tarde su paralelo con la nutrición hará de dicha energía un apetito sexual: “el hecho de la existencia de necesidades sexuales en el hombre y el animal es expresado en la biología mediante el supuesto de una ‘pulsión sexual’. En eso se procede por analogía con la pulsión de nutrición: el hambre. El lenguaje popular carece de una designación equivalente a la palabra ‘hambre’; la ciencia usa para ello libido” .

Sin embargo, ahora el interés de Freud no está en modelar el aparato psíquico según los procesos funcionales del sistema nervioso, sino en articular perversiones sexuales, sexualidad infantil y metamorfosis de la pubertad. En efecto, en sus Tres ensayos de teoría sexual, Freud distingue la sexualidad adulta de la sexualidad infantil. Dicho de otro modo: descompone la unión genital en una variedad de pulsiones, orientadas al placer autoerótico producido por la estimulación rítmica de determinadas zonas corporales (principalmente labios, ano, musculatura, ojos y oídos). Esta distinción permite esbozar una diferenciación entre aquella sexualidad cuyas prácticas parciales están organizadas en torno al acto sexual genital, y aquellas otras que implican represión neurótica o fijación perversa de uno o más componentes de la sexualidad infantil.

Tres años más tarde, al momento de articular moral sexual y nerviosidad moderna, Freud vuelve a preocuparse de manera explícita por desmarcar la sexualidad humana de la sexualidad animal. “La pulsión sexual -mejor dicho: las pulsiones sexuales, pues una indagación analítica enseña que está compuesta por muchas pulsiones parciales- es probablemente de más vigorosa plasmación en el hombre que en la mayoría de los animales superiores; en todo caso es más continua, puesto que ha superado casi por completo la periodicidad a que está ligada en los animales” . De la misma manera, si el instinto animal está orientado al afán reproductivo, “la pulsión sexual del ser humano no está en su origen al servicio de la reproducción, sino que tiene por meta determinadas variedades de la ganancia de placer” .

Estas distinciones, planteadas ya en 1905 y sugeridas varios años antes, serán ordenadas en 1915, a propósito de una descripción más minuciosa de las pulsiones y de sus destinos . Así, mientras que para el instinto el empuje es periódico, la fuente hereditaria, el objeto necesariamente adaptado a la especie y el fin predeterminado en esquemas fijos de comportamiento, para la pulsión el empuje es constante, la fuente está ocasionada por un estado de tensión, el objeto es contingente y la meta originaria.

Desde aquí, entonces, no más extravíos biologizantes : en lo que toca al concepto de sujeto, el animal de los instintos reproductivos es descolocado por la irrupción de la vida pulsional. La pulsión es el descentramiento del instinto y el síntoma es la marca de la tensión entre ambos . Pasaje del objeto del instinto, y su universalidad, al sujeto de la pulsión y su singularidad.

La clínica del narcisismo va a permitir introducir una nueva problematización acerca del escenario objetal y del vínculo entre objetos. Así, el trabajo con las psicosis por parte de la escuela de Zurich invita a Freud a reformular la pulsión menos en términos de energía de descarga que en función de una relación de investidura: “nos formamos así la imagen de una originaria investidura libidinal del yo, cedida después a los objetos; empero, considerada en su fondo, ella persiste, y es a las investiduras de objeto como el cuerpo de una ameba a lo pseudópodos que emite” .

La sexualidad: fuerza de atracción, zona fronteriza, órbita del sujeto. Ausencia que se hace presente “entre lo anímico y lo somático” . Empuje que no cesa de insistir, embajador de la vida corporal en el alma, cuerda floja.

Del estallido de lo sexual fuera de los límites de la biología a la naturaleza y función de la fantasía, hay un paso. Mal traducido como Pegan a un niño , este texto de 1919 no sólo retoma, desde la pregunta por el masoquismo, el papel etiológico de la sexualidad infantil en las neurosis y perversiones, sino que se sirve de la figura del complejo de Edipo para iluminar el rol de la fantasía inconciente en la dinámica de la sexualidad. Así, más que ser “un complemento al primero de los Tres ensayos de teoría sexual” , este texto constituye precisamente su opuesto: así como la ‘aberración sexual’ era en 1905 una desviación de la conducta respecto de la norma -ya fuera en términos de elección de objeto o de fin pulsional-, la perversión es reformulada ahora como signo de la eficacia de una fantasía de deseo sexual inconciente devenida traumática con posterioridad .

De este modo, la sexualidad infantil abandona lo que quedaba de semblante conductual y asume la figura de una condensación de fantasmas imaginarios agrupados finalmente en aquello que ya conocemos con el nombre de complejo de Edipo, verdadera bisagra que articula la sexualidad infantil y la adulta, estructura constitutiva de la vida psicosexual posterior. Freud ya no vacila en sostener que “la sexualidad infantil, que sucumbe a la represión, es la principal fuerza pulsional de la formación de síntoma, y por eso la pieza esencial de su contenido, el complejo de Edipo, es el complejo nuclear de la neurosis [y la perversión]” .

III. Donde el instinto era, la pulsión puede advenir

Finalmente, ¿qué decir de la pulsión de muerte o del ello? Acaso estos dos ejes conceptuales del esquema teórico freudiano sean testimonios que terminan por confirmar nuestras sospechas: la biología de Freud es una metabiología. Pese a utilizar modelos biológicos, la investigación freudiana apunta a esclarecer cuestiones acerca de la vida anímica que trascienden ampliamente el marco experimental de la ciencia biológica empírica. Freud, recordemos, declara no tener vocación médica: todo el recurso a la biología, subrayando el perfil naturalista de la sexualidad pulsional, no es sino el eco de una época en la cual el modelo biológico es el paradigma de la ciencia positiva .

Nada hay, pues, de norma natural en la sexualidad: porque está fundada en pulsiones parciales y no en una pretendida genitalidad reproductiva, porque está sostenida en complejos y no en instintos , la subjetividad humana se muestra “no como una entidad fija, estable, permanente, centro de todas las acciones y de todos los pensamientos del ser, sino por el contrario como la resultante precaria y cambiante -unas veces dominante y otras dominada- del diálogo que mantiene permanentemente con la pulsión. Unas veces conduce a ésta y en otras es conducida por ella. En ciertos casos, el sujeto sigue la corriente que lo transporta manejando el timón de la embarcación para sacar el máximo provecho de la energía que lo impulsa. En otros, por el contrario, se define como sujeto precisamente por resistir a esa fuerza portadora, implementando toda clase de medidas que utilizarán esa misma energía para servir a otros fines” .

Desde los Tres ensayos de teoría sexual, irrumpe una teoría y una clínica que reconoce en aquella sexualidad apuntalada en lo biológico, una vía diferenciada de lo instintivo. Asumir el empuje de novedad que aporta la vida pulsional abre una posibilidad terapéutica, una alternativa de rescate de la singularidad para aquel sujeto que permanece alienado en la periodicidad universal y repetitiva del instinto.

Referencias

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